Scriptorium

Donaldo Borja

Luis Donaldo Martínez Borja estudió la licenciatura en Filosofía. Ha sido profesor de latín y etimologías grecolatinas, español, Historia, Formación Cívica y Ética. Creador del programa de Radio Tertulias en la azotea dependiente de la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y Café Filosófico Oaxaca. Es creador del Club de Lectura Tertulias en la azotea, y promotor de lectura acreditado por el Fondo de Cultura Económica.

In memoriam

 

En la década de 1970, con todos los movimientos políticos que se vivían en Latinoamérica, Horacio Guarany —bajo el nombre de Eraclio Catalín Rodríguez— compuso una canción que raya en lo auténticamente profético: Si se calla el cantor. Las persecuciones a pensadores, periodistas, profesores y a toda la letanía de aquellos cuya única desgracia es denunciar han sido el lugar común. Desde el Antiguo Testamento, los profetas han sido el blanco perfecto de aquellos tiranos que odian la verdad. Casi en el mismo nivel, en el año de 1980, la muerte cubriría los ojos de monseñor Óscar Arnulfo Romero por manos del Estado. Y muy cercano a nuestro tiempo, la muerte de Alejandro Leyva y de otros periodistas traslada el tiempo presente a las épocas vetustas. Pero, entre todo lo dicho, quedan como sentencia las palabras de monseñor Romero: “Podrán matar mi voz, pero mi sangre hablará”.

Las múltiples muertes ocurridas en distintos puntos de México hacia periodistas dejan entrever dos artefactos más peligrosos que las mismas armas: el pensamiento y la palabra. Esto exige ir más allá del hecho noticioso, justamente, por respeto a las víctimas. Con ello, desde la epistemología, el ejercicio de pensar —connato a nuestra naturaleza racional— se vincula a la palabra, porque esta última es la que dota de cuerpo a las ideas que pensamos. Estas ideas pueden concordar o discordar con el colectivo; al final, esa es la riqueza de pensar diferente.

Del colectivo organizado nacen los gobiernos con la finalidad, casi redundante, de organizar los bienes colectivos y, de esta manera, hacer que todos los gobernados tengan acceso a ellos. Los gobiernos implican diálogos, aperturas a nuevos horizontes, críticas y, sobre todo, denuncias. No existe gobierno perfecto porque no existe sociedad perfecta. Y entre la crítica y la denuncia se encuentra la dinamicidad de la gobernanza. Un gobierno que no se critica y se autocritica tiende a envilecerse. ¿Pasará esto en México?, ¿pasará esto en Oaxaca?

La denuncia, como medio para generar la autocrítica, tiene la funcionalidad de dar a conocer lo que ocurre. En toda sociedad bien organizada, la denuncia debería llevar a la atención, investigación, sanación y reorientación de lo que se está denunciando; esto con la finalidad de crear una armonía política. Cabe aclarar que esto es mera utopía. Por su parte, el factor humano —con todas sus condicionantes— influye en demasía en el arte de gobernar, por lo que la crítica o la denuncia se convierten en caballos de batalla no del sistema de gobierno, sino de los complejos psicológicos y de carácter. Por ello, tanto Platón como Aristóteles exigían que el gobernante fuera virtuoso. Hoy tenemos como gobernantes y oposición política a algunos “defectos” del sistema apático y psicópata que juegan al titiritero.

Por esta razón, cuando la crítica y la denuncia —sean verdad o mentira— se efectúan a gobiernos psicopáticos como algunos de un lugar de Oaxaca cuyo nombre no quiero recordar ahora, la respuesta se cimbra en la victimización, la confrontación directa del aparato de gobierno con el particular o, como en muchas dictaduras, el silenciamiento con la muerte. Pensar es un acto peligroso; hablar de lo pensado es casi un acto suicida; criticar y denunciar al sistema de gobierno “puesto por el pueblo democráticamente” es la firma de condena a la pena capital.

Todo lo ocurrido en los últimos días encamina a tres puntos de inflexión social: ¿Es realmente este el gobierno que necesita nuestro estado?, ¿somos realmente una democracia donde el gobierno escucha a todos y todo lo que se dice para reorientarse en su praxis?, ¿quiénes deberían gobernar realmente? La muerte de cualquier persona que proclama sus ideas debería llevarnos hacia un rumbo diferente. Decía Galeano que las utopías están en el horizonte, caminamos hacia ellas, pero no debería haber muertos en el camino. Los gobiernos se hicieron para organizar a la sociedad; pero, en este circo político, los únicos que pierden son aquellos que, en honor a la verdad, la proclaman cual profetas. Por lo que, ante la muerte de estos mártires y en todo caso no resuelto, el gobierno en turno es cómplice indirecto.

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